lunes, 8 de marzo de 2021

El féretro de Osorio

Osorio, ciudadano soltero y de profesión docente, trabajaba como taxista porque su sueldo, de cuatro dólares al mes, no le alcanzaban ni para llenar el tanque de gasolina. Salió pesimista de un centro para diálisis. Tuvo un paro respiratorio, por no controlar la ingesta de líquido. Tenía diez años conectándose a una máquina de hemodiálisis: tres veces por semana y cuatro horas por sesión. Por su raro tipo de sangre, AB-, no conseguía un donante de riñón.

Un día, de forma azarosa, tomó la decisión de averiguar los precios de ataúdes, antes de que la Parca lo reclamara. Él no quería que sus familiares ejecutaran los servicios funerarios cuyos costos rondaban entre los doscientos y trescientos dólares. Sin contar el proceso de cremación. Les sugirió omitir el velorio e ir directo al entierro.

—¿Cuál es el precio de aquella urna? —preguntó Osorio al vendedor de la funeraria.

—¿Leyó la historia de un joven palestino que escaló un edificio para acompañar, a corta distancia, a su anciana madre horas antes de morir de covid? —respondió el vendedor sin hacerse eco de la consulta de Osorio.

—No, señor…

—Sesenta dólares. Es de madera y chapaforte —respondió el vendedor interesado, al recordar que era el primer cliente que visitaba la tienda esa mañana.

—¿Es la más económica que tiene?

—Antes teníamos unas de cartón, pero se nos agotaron.

—Y esta, ¿cuánto vale?

—Cuatrocientos. Es de madera y metal.

Osorio había reunido cien dólares trasladando pasajeros. Menos treinta gastados en llenar el tanque.

—Me llevo la más barata.

—¿Cómo va a pagar: en divisa o bolívares?

—En divisa.

Colocó el féretro sobre el techo de su carro. Antes de volver a casa aprovechó para llevar un pasajero que lo enfrentó en la entrada de la funeraria. Parecía tener angustia por llegar a algún lugar.

—¿Hacia dónde se dirige? —preguntó Osorio.

—Al cementerio del este.  ¿Por qué lleva una urna encima del capo? 

Osorio estaba ensimismado pensando sobre la vida.

 —¿Cómo es tu nombre, hijo?

—Edy, señor.

—Edy, la compré pa que cuando me muera, me entierren dignamente —dijo Osorio y añadió—: En este país el nuevo negocio es la muerte.

Osorio le explicó al pasajero que eran el segundo país del mundo con la tasa más alta de homicidios. Ya sea por robo a mano armada, asesinato o secuestro, la situación creo la proliferación de empresas que hacían su agosto con la muerte: desde los sepultureros, los fabricantes de ataúdes, los vendedores de flores, y hasta aquellos que tramitaban los permisos.

El vendedor de la funeraria decidió bajar la «santamaría» temprano, mientras esperaba a su hijo Edy frente al establecimiento.

—¿Y qué hiciste con el taxista, Edy? —preguntó nervioso el vendedor de la funeraria.

—¡Pa, el malparido del taxista lo que tenía era diez dólares en la cartera! —dijo Edy—. Te llevo a la casa y voy al hospital porque me siento un poco mal.

Edy presentaba síntomas de estar infectado del «virus chino». Al llegar al hospital estacionó el taxi enfrente del hospital. Él esperó en una habitación helada hasta que lo atendieran. Los roedores y cucarachas eran más abundantes que el personal médico. No había agua corriente. Los ascensores estaban fuera de servicio. Edy tomó la decisión de huir, aunque antes quiso hablar con el especialista de guardia.

—Doctor, ¿cuándo me va a atender?

—Ahora mismo hay un paciente en la UCI que ha ingresado hace siete días y no tenemos confirmación del PCR —dijo el doctor—. El promedio de espera de los resultados, en este momento, es de una semana a diez días aproximadamente.

—¡Qué esperanza, doctor! —respondió Edy con su voz entrecortada por una fuerte tos.

—Imagínate como estamos, he tenido este «cubrebocas» durante cinco días.

Edy abortó el escapar, pero decidió suicidarse. Caminó hasta el gran ventanal, y al ver hacia abajo, vio cómo su padre caía al vacío desde un tercer piso.

—No tuve miedo. Nunca me imaginé que realmente lo haría —confesó el padre de Edy a un policía,  después de trepar de balcón en balcón y sobrevivir a la caída—. Solo quería ver a mi hijo.

El informe policial detallaba: «Hombre de cincuenta y ocho años impactó sobre un taxi estacionado, y sin ocupantes, junto al edificio. Sufrió fracturas en costillas y en el cuello. Presentaba signos de embriaguez». El peritaje del caso, no había determinado aún si se trataba de un intento de robo o suicidio.

—Si podemos hablar de milagros, este ciertamente lo merece —dijo el doctor de guardia a el policía—, y ahora a esperar a que sobreviva a la insalubridad del dispensario.

A Edy le prohibieron visitar a su papá que se encontraba hospitalizado un piso más arriba. Entonces tomó la decisión de repetir la hazaña de su padre y comenzó a escalar con torpeza. Antes de poner un pie en el cuarto, un policía lo encaró; aquel cayó al vacío y murió ipso facto. El certificado de defunción decía: «Felix Castro, dueño de una funeraria, y su hijo Edy mueren por covid-19».

—Descansa en paz, tío —dijo el policía del hospital, entre sollozos, antes de besar el cristal de la urna donde yacía Osorio.


sábado, 5 de diciembre de 2020

Agua, tobos y danza

Habían transcurrido «cinco cuarentenas», desde que el gobierno decretó el aislamiento por el virus chino, lo que obligaba a Jorge a quedarse en casa. Su comportamiento sufrió cambios paulatinos que fueron mutando mientras pasaban los días. Nada lo entusiasmaba. Inquieto en su habitación estorbó a Carmen, su madre, a través de una videollamada. En la cocina, ella terminaba de lavar los trastos.
—¡Hola ma!
Carmen aceptó la llamada sin cuestionarla, mas demoró en hablar. Su rostro denotaba cansancio.
—¡Obstinada de recoger agua! Vamos pa años en esta vaina. Y pa colmo, hoy la ponen por quince minutos… —La transmisión comenzó a entrecortarse. Ella no lo notó y añadió—: ¿Qué haces?
Restablecida la comunicación, Jorge dijo:
—¿Cuál era tu pregunta, ma?
—¡Coño! ¿Qué que haces?
—Escribo una historia para un cortometraje.
—¡Ah! ¿Ya tiene título?
—Extraño —dijo él mientras la conexión falló por unos segundos.
—¡¿Qué me extrañas?! ¿No será pa jódeme? —contestó la madre con una leve carcajada.
—¡No! Extraño es el… —dijo Jorge cuando la señal volvió a detenerse.
—¡Ah! ¡No! —No terminaba de hablar Carmen, cuando el grifo del fregadero escupió, repetidas veces, aire de forma explosiva. Luego ella gritó—: ¡¡¡Llego el agua, nojoda!!! ¡Apúrate pa llena los tobos!
Jorge llegó a la cocina y con los baldes, vacíos, empezó una danza que duró casi un cuarto de hora, con intervalos de descanso cada tres minuto.
Carmen regresó y, mientras el agua dejaba de correr a través del grifo, preguntó:
—¿Ya terminaste de recoger el agua?
Y hubo un apagón eléctrico.

Aún la recuerdo

Invité a una chica a cenar a mi apartamento. No solo fui anfitrión, también actué de chef. La receta, para cortejar muchachas, tenía pocos ingredientes: vegetales, carne, pollo y camarones cocinados en un wok —eran buenos tiempos. Mucha salsa de soja y salsa agridulce. Todo acompañado con arroz blanco; un buen vino tinto; y, de postre, natilla con tope de canela.
—¿La receta es tuya? —preguntó ella.
—¡Por supuesto corazón! —dije.
Realicé una danza mientras preparaba el plato. El motivo era despertar en la invitada el mismo sentimiento que ella avivó en mí cuando secó sus labios con la lengua después de un trago de vino
—Veo que te gusta cocinar ¿Desde cuándo lo haces?
—¡Uuuffff! —en realidad fue mi tercer intento como cocinero.
La ventaja de cocinar en un wok era la rápida cocción de los alimentos. El arroz debía prepararse antes, al igual que el postre.
—¿Hiciste el postre?
—¿Qué crees tú? ¡¿Dudas de mí?! —mentí.
Preparé la mesa, arreglé la vajilla y, al momento de servir, ella preguntó:
—¿Puedo darle una probadita? —Entonces masticó un camarón.
En un instante la piel de su cara y el cuerpo estaba extremadamente roja. Empezó a respirar con dificultad.
—¿Tienes… algún… antialérg…? —preguntó ella sofocada.
Aún la recuerdo con mucho cariño.

martes, 18 de agosto de 2020

Ana y Joaquín

Desde su primer tropiezo en la calle, Ana y Joaquín ni una sola vez lograron ponerse de acuerdo en nada. Sin embargo, la atracción física fue muy fuerte. Ese mismo día, anestesiados los pensamientos por unas cuantas cervezas, conciliaron todos sus desacuerdos en un cuarto de hotel.
Transcurrido algún tiempo, él entendió que, si pretendía convencerla de algo, solo tenía que usar la «psicología inversa».
—Amor, no pises la franja amarilla —Ana, instintivamente, desobedecía colocando el pie sobre la línea.
Pasada una década, Joaquín deseaba contraer matrimonio y tener hijos, pero Ana no. Para lograrlo preparó su plan maestro: cena romántica, anillo de compromiso y fecha de boda. Al acercarse el día de la cita, ella le confesó que no quería casarse todavía, a lo que él respondió:
—¡Wow! Por fin estamos de acuerdo en algo.
—¡Ah no! Pues ahora, yo, si quiero casarme.
 Y ante el altar, del penthouse de un lujoso edificio, Joaquín pronunció las palabras de rigor:
—Prometo serte fiel y respetarte, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe.
Ana corrió y saltó al vacío.

sábado, 4 de julio de 2020

Local - Universal

Los que defienden lo local, les ratifico que parto del mismo punto, pero reestructurando la historia y el discurso para ser profundamente universal. Todo esto asociado a una forma de identidad -multiétnico pluricultural- que trascienda lo regional. Si no hay apertura, la creación se ciñe al mero color local, a corralitos folclóricos, a fiestas de barrio, a pintoresquismo.

sábado, 23 de noviembre de 2019

El dedo de Jesús


Llegó diciembre y en el edificio no colocaron ni adornos ni luces de colores.
 La presidenta de la junta de condominio decidió montar el pesebre en la planta baja. Con un toque personal, sin gastar un solo centavo, cambió los personajes principales por juguetes de la película de Toy Story: Woody como José; Betty, la pastorcilla de porcelana, como María; Slinky, el perro, y Rex, el dinosaurio, serían el burro y la vaca; los marcianos, las ovejas; los soldados, los reyes magos; Buzz Lightyear lo extravió. Por último, colocó a el señor cara-de-papa en el lugar del niño Jesús, figura pequeña con accesorios intercambiables. Los únicos que tenía conectados eran: ojos, nariz y boca.
En Nochebuena, los propietarios e inquilinos fueron convocados a celebrar la víspera del nacimiento de Jesús. Asistieron casi todos excepto Carlos, el esposo de la presidenta, y la conserje. Fue una velada gris. No hubo música ni comida. Para brindar prepararon una guarapita de parchita. El encuentro duró una hora. Alguien comentó: «La criaturita de la cuna se parece a un deo pulgar sin uña». Hubo burlas y risas, menos de parte de la organizadora.
Amaneció con la noticia, por el grupo de Whatsapp, de que se habían robado al señor cara-de-papa. La presidenta bajó, corroboró el hecho y respondió con una nota que decía: «Antes de que oscurezca prometo que aparecerá el muñeco en su cuna». Unos respondieron con emoticones y ridículos GIFS animados de aplausos.
La presidenta, en su apartamento, encaró a su esposo. Ella, durante toda la discusión, cortó trozos de hortalizas con un cuchillo cerámico de Chef.
—¿Dónde carajos estuviste ayer?
—Con mis panas bebiendo cocuy en la esquina.
—¡No te creo un coño! —dijo la presidenta y añadió—: Estoy harta de tus borracheras y sebos con la conserje.
—¡¿Cuáles sebos chica?! —dijo Carlos mientras huía de la vivienda.
—¡Ay!, Carlos Jesús... Busca tu muerte natural...
Él, al llegar a planta baja, encontró a la trabajadora residencial enfrente del pesebre.
—El nacimiento más pavoso que he visto en mi vida —dijo la conserje.
—¿Tu fuiste la que te robaste al carajito del pesebre?
—Sabes, no puedo seguir con este jueguito pajúo de la amante perfecta. Regresa con tu esposita antes de que te corte las patas literalmente —dijo la mujer entre sollozo. En tanto Carlos regresaba a la calle con sus amigos. Lo seguía de cerca la presidenta.
Oscureció temprano. Una niña de cuatro años, antes de salir del edificio, no aguantó la tentación de coger a Woody. La madre logró quitárselo sin que llorara, pero casi fracasa cuando la chiquilla iba agarrar al niño Dios, que apareció de nuevo en su puesto. Con dos nalgadas optó por llevársela arrastrada del lugar.
La conserje salió y verificó cuál era el escándalo. Los muñecos yacían fuera de su sitio. Comenzó a acomodarlos de mala gana. Al recoger al niño Jesús soltó un ahogado grito. Corrió hasta el bajante de la basura para botar el extraño objeto. Luego pasó a su habitación y buscó dentro de una gaveta al señor cara-de-papa. Ubicó el juguete en su espacio original.
A las diez de la noche, la presidenta festejó el retorno del niño recién nacido, como lo había prometido. La convocatoria reunió a las mismas personas. La velada duró un poco más, pero sin guarapita.
Carlos, con la mano derecha vendada y sostenido por sus amigos, llegó a su apartamento. La presidenta echó a las amistades y le dijo:
—¡Ay!, Carlos Jesús, hoy fue un dedo. ¡La próxima vez te corto las patas, desgraciado!

sábado, 15 de diciembre de 2018

«El niño Jesús es...»

Todos los años, la abuela me buscaba para celebrar las fiestas navideñas, y el Año Nuevo, con mi padre. El viaje duraba casi seis horas. La carretera, de doble vía, era muy angosta. El autobús realizaba dos paradas. Ir al baño me aterrorizaba, porque pensaba que el chófer partiría sin nosotros.
Anhelaba llegar pronto a la ciudad natal, aun cuando mi padre no exteriorizaba mucho cariño. No me atendía hasta cerrar la casa-taller de electromecánica de carros. Apenas él partía a su hogar, sentía más libertad para hacer las cosas. Yo tenía mi propio cuarto y una bicicleta.
La tradición: reunir a toda la familia y preparar las hallacas. La abuela cocinaba como los dioses. El guiso de ella no lo superó ninguno de sus nietos. Montar el nacimiento era más importante que el árbol de navidad. Cada uno de los primos quería colocar algo en el pesebre. Yo acostumbraba a poner una oveja que nunca permanecía de pie.
La abuela servía desayunos homéricos: caraotas fritas con queso y azúcar, suero, arepas, huevos revueltos y, para beber, café con leche. Esa primera mañana, al despertarme, sus palabras fueron como una dulce sinfonía:
—¡Holgazán hasta cuándo va a dormí! Vamos a desayuná y luego a escribir la carta al niño Dios.
Garabatear, ningún problema. Lo difícil: confesar cómo me había comportado. Las faltas más graves no haber mentido ni dicho groserías. Aprobada mi conducta, solo podía pedir un regalo.
Entre todos los primos existía uno «especial». Vivía en el taller. Trabajaba con mi padre, considerado un honor en el seno de la familia. Él era mayor.
—Tan grandote y no sabes quién es el niño Jesús —dijo mi primo mientras escribía la carta.
No recuerdo que le respondí. Sé que continué con el escrito. Anoté: «quielo una “químika”». Esta caja contenía: tubos de ensayos, vasos precipitados, mecheros de alcohol, pinzas, ... Pasé varios diciembres pidiéndola. ¿Por qué un solo presente?, porque mi cumpleaños lo celebrábamos un día después de Reyes. Deseaba un cuatro.
—¿Quién es el niño Jesús? —pregunté a mi primo.
—¡No te lo voy a decir, léro-léro!
Temprano salí a visitar a las amistades del barrio. Todas las noches cuadrábamos para patinar en una plaza ubicada justo enfrente de la casa-taller.
Llegué a la hora del almuerzo. Mi padre siempre llegaba de último. La abuela lo apuraba y él irritado obedecía.
—Empiecen a comer que se enfría la comida —dijo él molesto.
Terminé de tragar el último bocado y solicité permiso para salir con la bicicleta a la plaza. Mi primo me acompañó por órdenes de mi padre. Aquel susurró a mis oídos:
—Y todavía no sabes quién es el niño Jesús.
Di varias vueltas. Él estuvo sentado en un banco. Decidido, paré delante de él y le dije:
—Primo, ¿de verdad tú sabes quién es el niño Jesús?
—Mira gafo, el niño Jesús es...
Mi abuela me gritó:
—¡Venga a despedirse de su papá!
Lo alcancé y le pregunté si sabía quién era el niño Jesús. Dio media vuelta y partió sin la bendición.
Después de cenar nos acostamos a ver televisión. Mi primo pretendía salir, pero no quería llevarme. Yo insistí hasta que cedió. De camino al apartamento de su pareja, le supliqué me librará del dilema que sembró en mí. La única pista que me soltó fue que era un pariente. No vacilé y le dije:
—El niño Jesús es... mi padre.
Mientras los novios empezaron ahogarse en sus babas, mi ser, ensimismado, anhelaba que la anterior deducción estuviera equivocada.
—Mi amor, pa cuándo mi sorpresa —preguntó la novia.
El día siguiente, no sé cómo mi padre averiguó de que yo sabía todo. Enfadado, ordenó a mi abuela darme los dos obsequios de una vez. Faltaban pocos días para el nacimiento y un montón para mi cumpleaños. De inmediato empecé a jugar con mi «químika». El cuatro ni lo toqué. Mi padre sabía qué regalos pediría, porque la abuela averiguaba antes de buscarme.
—Por favor, ¿emprestame el cuatro pa esta noche? —suplicó mi primo.
—Esta noche, ¡usted no va salí pa ningún lao, muchacho el carajo! —dijo la abuela—. ¡¿Cómo se le ocurre acabá con la navidad del niño?!
—¡¡¡Abuelita!!! —dijo mi primo. Y al no cumplir la promesa de llevarle una serenata a la enamorada, esta terminó con él.

Por cierto, ella me hizo hombre.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Esteban

Mediodía, hora de las sombras no prolongadas. Un día antes de carnavales, tres cortos timbres anunciaron la salida de un instituto educativo. Una enfermera llegó hasta un chico, llamado Esteban, que salió armando un jaleo con unos compañeros de clase.
—Hijo, recuerda que hoy tienes tu última clase de recuperación—. Después, ella habló con su hermana gemela, profesora del instituto, que estaba cerca de la entrada—: ¿Todavía quieres usar mi uniforme de enfermera para disfrazarte?
—¡Por supuesto que sí, hermana! —dijo la profesora  y se retiraron juntas.
Estacionada frente al instituto, Dayna, una elegante mujer de mediana edad, escuchaba la radio: «En el mes de mayo eliminan tres ceros a la moneda nacional». Apareció Esteban, abrió la puerta del copiloto y, sin entrar, dijo:
—¡Hola! Hoy no puedo ir—. Dayna, llena de odio e ira, se alejó del lugar. Él y sus amigos continuaron con el alboroto. De pronto, uno de ellos, famélico y desgarbado, alejó a Esteban del lugar.
El calor, de la estación seca, golpeaba con más vigor que nunca. Dayna regresó hasta el colegio. Al llegar, la profesora, disfrazada de enfermera, la abordó.
—Yo también voy a disfrazarme de enfermera. ¿Has visto a Esteban? —preguntó Dayna.
— ¡Nooo amiga! Ten cuidado con mi sobrino…, te va a meter en problemas —dijo la profesora y desapareció.
Después de una larga espera, Dayna aprovechó para disfrazarse de enfermera dentro del auto. Al rato, de la nada, emergió el estudiante famélico y desgarbado al lado de ella.
—¡Pégate p’allá vieja! Esto es un atraco.
Molesta, más por lo de vieja que por el robo, regresó a casa en el Metro.
Viendo televisión encontró a Esteban acostado en el sofá.
—Dime la verdad. ¿Dónde carajo estabas?
—Pero mami no te arreches...
—¡¡¡No me digas mami!!!
Ella, sentada sobre sus piernas, comenzó a besar su frente, su cuello y por último sus labios hasta morderlos suavemente.
Sonó el teléfono de Esteban. Era un mensaje. Ella le arrebató el celular y cuando empezó a leer: «¡Qué lo qué, lacra! Tengo la nave de tu sexy-profe…», él sacó un revolver.
—¿Cuánto vas a cobrar? —preguntó Dayna.
—…
—Eres un...
Dayna amagó con arrojarle un cenicero, pero se retractó por tener el arma tan cerca del rostro. Ella decidió tomar distancia y, a la velocidad de un ilusionista, con la mano izquierda apartó el cañón de su rostro, y con la otra cogió sus testículos. Así recuperó el revólver. Después de maldecirse e insultarse mutuamente por unos minutos, Dayna amenazó a Esteban para que llamara a su cómplice.
—Háblame rata, ¿qué hay?
—Aquí engorilao, porque la cuaima leyó tu mensaje y tuve que neutralizarla.
—¡Vergaaa!, ¿y… ahora?... Voy p’allá perro.
—Si va—. Colgó y acto seguido Dayna—: ¡PUM!
Aturdido, por el golpe, oyó cuando Dayna llamaba a su madre para que fuera a buscarlo. Cuando estaba por recuperarse, ella lo remató con otro golpe de la empuñadura del arma.
Al ocaso de la tarde, la temperatura refrescó un poco. Esteban despertó con jaqueca cuando oyó que tocaban a la puerta. Mareado, observó como Dayna sentaba sobre el retrete a una enfermera, que estaba atada de brazos y con una funda de almohada en la cabeza. Aquella posó el arma en la sien de esta, lo miró a él y se ocultó. Él recibió, en el umbral de la entrada, al ladrón.
—¡Que lo que mardito becerro! ¡¿Y tu sexy-profe?!
—En el baño.
—¡Mira mamaweva!, si me hechas paja la bicha va a cántate—. El ladrón entró, vio que era cierto y pasó a la cocina. Lavó sus manos. Buscó algo de comer. Por atiborrarse la boca con cereal empezó ahogarse. Esteban aprovechó para quitarle la pistola y, sin mediar palabras—: ¡BANG! ¡BANG!
Dayna, con medio cuerpo afuera del baño, dijo:
—Arroja el arma a mis pies maldito, sino mató a tu madre.
 Esteban obedeció. El ladrón murió por asfixia y no por las heridas de bala. Dayna retiró la funda y desató a la mujer. Era su tía la profesora.

domingo, 23 de abril de 2017

Culpable todos

—¿Quién es el culpable? ¿Tú o él?
—A mí no me pregunte, su señoría. Pregúntaselo a él.
—Entonces declaro culpable… —dijo el juez y todas las voces callaron.
    El eco de una respiración invadió toda la corte.
—Declaro culpable al narrador —dijo el juez.
—¿Culpable yo? —pregunté.
—¡Culpable todos, Emery Bart!

sábado, 16 de julio de 2016

¡Cédula sargento!

—¿Dónde había dejado las putas llaves? —preguntó Apascacio.
—Dígame su cédula, sargento Apascacio —dijo un detective.  
—No sé dónde las dejó ese pajúo —respondió Yetsenia.

Hipólito llegó temprano al banco y notó que un solo hombre estaba de guardia.  Pasó debajo de una puerta detectora de metales y  activó la alarma. Substrajo y colocó todo objeto metálico de su cuerpo y bolsillos dentro de una caja de plástico gris: reloj de pulsera, correa, collares, anillos, yesquero y unas llaves.  Mientras realizaba esta acción observó que solo tres taquillas de ocho funcionaban y la cola de gente casi salía a la calle.  El monitor de los números marcaba cero, cero, cuatro. Dejó sus cosas en la caja y corrió a tomar un ticket. Le tocó el ciento sesenta y siete.
—¡Estoy de suerte! —comentó al vigilante con ironía—. Los dos últimos números coinciden con el año que nací.
            Se puso de nuevo su reloj de pulsera. Deslizó suave su correa entre las trabillas. Los collares y anillos resbalaron por su cabeza y dedos sin esfuerzo. Encendió el yesquero para probar si tenía bencina y antes de guardarlo una mujer, detrás de él esperando pasar, le dijo:
—¡Amigo, puede apurarse!
Segundo después, entró un hombre, apuntó a la dama con un revolver Colt Python calibre 357 y ordenó a los presentes arrojarse al piso. Hipólito, aún de pie, fue derrumbado por el vigilante, quien molesto le dijo:
—¿Tú eres güevón o quieres que te quiebren?
La mujer seguía de rehén. El ladrón lanzó un morral en la cara de Hipólito y le dijo:
—Todos los celulares y billetes en este bolso. Y es pa hoy, becerro.
El raptor y sus dos prisioneros salieron a la calle sin llamar la atención.
—¿Dónde carajos pararon el carro? —preguntó la mujer.
            El vehículo estaba estacionado a la vuelta de la esquina. Al llegar, Hipólito arrojó el morral sobre el capó y, temblando, empezó a buscar las llaves en sus bolsillos.
—¡Bang! ¡Bang!
            La guardia acordonó la vía cerca del lugar del homicidio. En el banco, el vigilante recogió una caja gris con unas llaves en su interior.
—¡Epa tipo, no muevas nada! —gritó un comisario.

En el departamento de policía, el detective continuaba su interrogatorio.

—¡Su cédula, sargento Yetsenia!  

Acto final

Una voz, a través de los altavoces de un intercom, anunció que faltaban quince minutos para comenzar la función.
—¿Qué te pasa, Sara?
—Tengo miedo.
—¡No me jodas! Todo te va a salir bien.
—Pero… ¿y si en el acto final me falla la resistencia?
Mientras Ruta intentaba animar a su amiga tomó un buen trozo de cabello desde la coronilla y lo dividió en tres secciones iguales. En Sara la hilera de bombillos incandescentes, enmarcados en el espejo, amplificaban la dulzura de su bello rostro. El reflejo expresaba: «No quiero vivir una eternidad bajo el hechizo del fracaso».
—¿Te puedes quedar quieta? —dijo y jaló las crines de Sara con rudeza.
—¡Ay! —Sara no dejaba de verse en el espejo.
Tocaron a la puerta. Ruta fue a abrir. Sara terminó de peinarse sola y empezó a vestirse con un tutú blanco. Le fue difícil cerrar los gafetes del corpiño porque se encontraban en la espalda.
—¡Ruta, necesito llamar a alguien de sastrería!
Una cadencia de murmullos lujuriosos, entre Ruta y otra persona en el umbral de la puerta, disminuyó poco a poco hasta desvanecerse. Entró una mujer de servicio sin anunciarse justo cuando Sara empezaba a ponerse nerviosa por no recibir respuesta de su amiga.
—Soy Aleuzenev, pa servirle.
—…
—Así me bautizó mi madre, Venezuela al revés…
—Ruta, ¿a dónde fue?
—La señorita piró pa el excenario.
Bajo la mirada entrometida y grosera de la chica de mantenimiento, ella colgó un tutú negro en el closet. Luego acomodó su maquillaje sobre la peinadora.
Mija, ¿si quieres me dejas limpiá? —dijo Aleuzenev.
Espantada por la actitud grosera de la mujer, Sara salió y en la entrada del camarín chocó con Ruta que regresaba apresurada desde el fondo del pasillo. En el choque se le cayeron unas llaves a Ruta, Sara las recogió, pero ella se las arrebató con brusquedad y le preguntó:
—¿A dónde vas, Sara?
            Sara, sorprendida por el acto de violencia de su amiga, demoró en responderle.
—Corro a sastrería.
—¡Ok! Te espero en el camerino —Ruta tiró la puerta y el golpe retumbó en la cara de Sara.
Al llegar donde las costureras, Sara recibió una ovación en reconocimiento a sus años en la institución, pero sobre todo por ser una gran artista y buena persona. Ella expresó su gratitud con su cuerpo desarticulado en un «gran saludo» de bailarina: torso hacia delante, piernas cruzadas y rodillas levemente flexionadas.
—El corpiño tenemos que ajustarlo —dijo y apagó los aplausos en seco.
En un parpadeo de ojos se acercaron dos mujeres y la ayudaron a desvestirse. Situaron el vestido en una mesa, lo descosieron, se lo probaron y tomaron algunas medidas. Pocos zigzags fueron necesarios para ajustar el vestuario. Surgió de nuevo la voz en los altoparlantes:
—Este es nuestro segundo llamado cuando faltan diez minutos para comenzar.
Sara corrió a su camerino y lo halló cerrado. Buscó, por todo el teatro al vigilante que tenía las llaves. Al llegar al escenario vio que Ruta ensayaba los movimientos del acto final que ella interpretaría esa noche. Se impresionó por su ágil aletear de brazos y hermoso cuello encorvado. Parecía que flotaba en aquel vasto océano de la plataforma color gris.  
—Este es nuestro tercer llamado cuando faltan cinco minutos para comenzar.
Sara amagó con darles unas correcciones, pero interrumpir el ensayo del sublime cisne le pareció un crimen. De vuelta tropezó con el vigilante y le dijo:
—Necesito abrir mi camerino.
Él regresó a su puesto y no encontró las llaves en su sitio habitual. Llamó por el radio transmisor a otro compañero.
—Jorge, Jorge, ¿tienes las llaves del principal? —hizo varios intentos.
—Aleuzenev, …
—¿Quién?
—Aleuzenev me pidió dáselas a su pana Ruta —confirmó su respuesta—. Estoy en un baño en el sótano y… —Se interrumpió la señal.
—Por favor, todos los bailarines dirigirse al escenario. La función está por comenzar.
La voz en staccato fue de mayor intensidad.
Sara, aún frente a la puerta cerrada, arrancó en un llanto silencioso. Ruta apareció y mientras se acercaba le dijo:
—¿Por qué no estás lista?
—Hoy no es mi día —dijo al fin Sara desconsolada—. Prepárate para bailar.
—¿Cómo es la vaina?  Yo no estoy preparada…
Hace rato te vi ensayando y tu ejecución fue...
Sara se desplomó al piso.
—¿Hablamos con el director para que atrase la función? —preguntó Ruta fingiendo preocupación.
—¡¡¡Coño!!! Ve a cambiarte.
Sara se quitó de su cabeza una corona de hermosas plumas blancas y se las entregó a Ruta.
El personal técnico ignoraba el paradero del cisne principal. Durante la ejecución de los primeros acordes de la obertura del ballet, Ruta apareció ataviada con la corona de la princesa cisne y se colocó, en la posición de inicio, a esperar su entrada. Apareció el vigilante por detrás de ella y le preguntó:
—Disculpe, señorita Ruta, ¿usted tiene las llaves del camerino principal?
—Las tiene Aleuzenev —dijo con su voz entrecortada.
Media hora después, el vigilante entró a un baño y ubicó a su amigo a través del sonido de su voz en una radio: «Jorge, Jorge, responde». Estaba con la mujer de servicio.
—¡Aleuzenev, las llaves! dijo el vigilante.
El vigilante fue hasta el camerino de Sara, lo abrió y se retiró lánguidamente. Ella demoró en entrar.
El evento concluyó a las dos horas. Detrás del telón cerrado, Ruta afloró triunfal a saludar entre aplausos y un público de pie.

Sara esperó decepcionada dentro de su camerino, con gran paciencia, el acto final.